lunes, 16 de octubre de 2017

Una taza de café con leche!



Me encanta el café con leche, cada madrugada al levantarme es lo primero que hago en mi cocina, y luego disfruto de abrazar una taza de café con leche, hay algo relajante, reconfortante y acogedor en esa taza, es una sensación cálida en mis manos, hay frío, todo está en silencio y es justo el momento propicio para comenzar mi día con Dios.

Cada mañana debemos tomar una taza para recibir el ánimo que necesitamos esa dosis de vitalidad para comenzar tu día, hay diferentes tazas para animarnos y hoy te compartiré algunas de ellas.

* La taza de la alegría, esa que te hace sonreír y alabar a Dios por el nuevo día.
* La taza de la fuerza, esa que te levanta y da ánimo para seguir adelante, te revitaliza y da energías.
* La taza del reposo, esa que te da descanso,  donde el silencio te llena y te hace sentir tranquila.
* La taza del silencio, donde solo escuchas su voz apacible y serena que te llena de paz.

Estas tazas a menudo están acompañándome en la mesa o mi escritorio junto a mi Biblia, o en el sofá de mi sala donde puedo orar, leer y disfrutar de un bello tiempo a solas con Él Señor y mi taza de café con leche, ese es un tiempo único y maravilloso. 

Es un espectáculo muy común que acompaña mis mañanas en mí  tiempo a solas con el Padre ver en mi ventana a los pájaros que vienen y en ocasiones no solo cantan sino que intentan entrar a mi casa, y es esa escena que  sutilmente me recuerda lo hermoso y seguro que es estar  en comunión con Él, y tener una conversación más íntima con Dios,  me maravilla su creación, su bondad y amor, y eso me revitaliza. 

Sé que en ocasiones estamos débiles, nos sentimos frágiles y desvalidas,  y necesitamos la ayuda de Él quien es tan grande, poderoso y fuerte para sostenernos y es solo cuando venimos a su presencia que podemos sentirnos seguras por ello hoy te ánimo a que lo abraces a Él y sientas ese cálido abrazo lleno de amor y seguridad,  y puedas disfrutar de su dulce amor y serena paz.

Salmo 119:151
Cercano estás tú, oh Jehová
Y todos tus mandamientos son verdad.



viernes, 13 de octubre de 2017

Torta de uvas pasas




Me encanta la repostería, creo que podría dedicarme a ella en algún momento de mi vida, sin embargo ahora en mi país no puedes dedicarle el tiempo que requiere por múltiples motivos entre ellos la aun escasez de alimentos y los altos costos, sin embargo doy gracias a Dios porque por muchos años pude deleitar a mi familia con deliciosos postes y hoy les traigo uno de ellos es una torta  deliciosa, sencilla para hacer, rápida y sobre todo no necesita mucha decoración, espero la hagas y me cuentes.

Ingredientes.

1 taza de azúcar común.
½ taza de papelón rallado o azúcar morena
3 tazas de harina con leudante
250 gr de mantequilla
4 huevos
1 taza de jugo de naranja
1 taza de uvas pasas pequeñas


Preparación.


Bate el azúcar, el papelón y la mantequilla, hasta que cremen bien, agrega los huevos uno a uno y finalmente alterna el jugo de naranja con la harina sin que se bata demasiado, engrasa el molde y ponle harina, coloca la mitad de la mezcla y ponle la mitad de las pasas ligeramente enharinadas de manera que ellas no bajen hasta el fondo, luego coloca el resto de la mezcla y por ultimo las demás pasas, al horno a 180° por 45 minutos.
Al salir el horno, deja que enfrié y espolvorea con azúcar pulverizada y decora con algunas pasas más.












lunes, 9 de octubre de 2017

Una bella historia que nos enseña paciencia, amor y esperanza





Jeremías nació con un cuerpo deformado y una mente lenta. A la edad de 12 años no había pasado de 2º grado, y parecía que jamás podría aprender nada.

Con frecuencia su maestra, se exasperaba por él porque solía estar en su banco moviéndose, babeando, y gruñendo. A veces hablaba claramente, como si un rayo de luz hubiera penetrado en la oscuridad de su cerebro. 

Pero la mayor parte del tiempo Jeremías irritaba a su maestra.
Cierto día citó a sus padres para hablarles. 
Cuando ellos entraron en el aula vacía,  la maestra les dijo: “Jeremías verdaderamente 
tiene que asistir a una escuela especial. 

No es bueno para él estar con niños más pequeños que no tienen problemas 
de aprendizaje. 

De hecho, tiene un atraso mental de cinco años con respecto a los otros alumnos”.

La mamá lloraba calladamente, y mientras su esposo le decía a la maestra: 
“Señorita, no hay ninguna escuela especial aquí. 

Y sería un golpe terrible para Jeremías si lo quitáramos de esta escuela. 

A él verdaderamente le gusta estar aquí”.

La maestra permaneció sentada durante un largo rato después que se habían ido los padres de Jeremías, contemplando a través de la ventana la nieve que caía y que parecía enfriarle el alma.
 
Quería entender a estos padres. 
Después de todo, su único hijo tenía una enfermedad Terminal. 

Pero no era bueno tenerle en su clase. 
Había otros 18 niños a los que debía enseñarles, y Jeremías sólo los distraía. 
Además, nunca aprendería a leer y escribir.
 
¿Por qué malgastar más tiempo con él? Mientras pensaba en esto, comenzó a sentirse culpable. 

“Aquí estoy, lamentándome por mis problemas, que no son nada comparados con los 
de esa pobre familia”, pensó. 

Y también oró: “Señor, ayúdame a ser más paciente con Jeremías”. 

Y a partir de ese día trató verdaderamente de ignorar los ruidos que hacia el niño y las hojas en blanco de su cuaderno.

Un día, Jeremías caminó dificultosamente hasta el escritorio de su maestra, arrastrando su pierna inútil detrás de él. “La amo, Señorita”, exclamó lo suficientemente fuerte como para que toda la clase lo oyera. 

La maestra se puso roja, especialmente al ver los gestos que hacían los otros alumnos. 
Ella alcanzó a tartamudear: 
“Bue… bueno… es muy lindo lo que me dices, Jeremías. Ah… ahora, por favor 
vuelve a tu asiento…”

Pasó el tiempo, llegó la primavera, y los niños conversaban animadamente acerca de la proximidad de la Pascua. 

La maestra les contó la historia de Jesús, y para destacar la idea de que la vida renacería, entregó a cada uno de los niños un huevo grande de plástico, y les dijo: 

“Quiero que lo lleven a su casa, y mañana lo traigan con algo dentro que nos enseñe sobre la vida. 

¿Entienden?” “SÍÍÍÍ, Señorita”, respondieron entusiasmado todos los niños, excepto Jeremías. Estaba escuchando atentamente, sus ojos no se quitaban del rostro de la maestra. 
Ni siquiera estaba haciendo sus ruidos habituales. 

¿Habría entendido lo que ella dijo acerca de la muerte y la resurrección de Jesús? 
¿Podría hacer la tarea? 
¿Llamaría a sus padres para explicarles lo que Jeremías tenía que hacer?

Esa tarde tuvo que hacer muchas compras, planchar una blusa, preparar la cena, y se olvidó completamente de hacer esa llamada.

Al día siguiente, los 19 alumnos vinieron a clase. 
Reían y charlaban mientras ponían los huevos de plástico en la canasta vacía 
que estaba sobre el escritorio de su maestra. 

Y al finalizar el período de clases, llegó el momento de abrir los huevos.
En el primero, la maestra encontró una flor. 
“Oh, sí, una flor es señal de una nueva vida”, dijo. 
El siguiente huevo contenía una mariposa de plástico, que parecía real. 
Su comentario fue: 
“Todos sabemos que algunas orugas se convierten en mariposa. 
Sí, ésta también es una vida nueva”.
Después abrió otro huevo donde había una piedra cubierta de musgo. 
Y explicó que el musgo también era una muestra de vida.
A continuación abrió el cuarto huevo. 
Su respiración se hizo entrecortada ¡El huevo estaba vacío! 
“Seguramente debe ser de Jeremías”, pensó. 
“No habrá entendido mis instrucciones. 
Si no me hubiera olvidado de telefonear a sus padres…” 
Y como no quería que Jeremías se sintiera mal, lentamente puso el huevo a un lado y tomó otro.
Repentinamente Jeremías le dijo: 
“Señorita, ¿no va a hablar acerca del huevo que yo traje?” Nerviosa, le contestó: 
“Pero Jeremías, el huevo está vacío”. 
Y él, mirándole a los ojos le dijo suavemente: 
“Sí, pero también la tumba de Jesús estaba vacía”. 
Pareció que el tiempo se detenía. 
Y cuando pudo hablar nuevamente, la maestra le preguntó: 
“¿Sabes por qué la tumba estaba vacía” 
“Oh, sí”, dijo Jeremías. 
“A Jesús lo mataron y lo pusieron allí. 
Pero Su Padre lo resucitó”.
Sonó la campana, y mientras los niños corrían hacia fuera, la maestra se puso a llorar, y el hielo de su corazón se derritió.
Jeremías murió tres meses después. 
Y los que concurrieron a su velatorio se sorprendieron al ver 19 huevos sobre su ataúd, y todos estaban vacíos.

Autor desconocido por mí.