lunes, 18 de abril de 2016

Filipenses 2


Llegamos al capítulo 2

Comenzamos este bello capítulo con un modelo de vida cristiana, donde veremos la humildad de Cristo, algo que nos impacta a todos los creyentes.

Las circunstancias de la vida, pueden hacernos perder el gozo de diferentes maneras, cuantas veces perdiste tu paz, tu tranquilidad y gozo por lo que alguien dijo de ti, o  hizo algo que te perturbó o te sigue perturbando a pesar del tiempo transcurrido.

La comparación y la competencia tiene sus raíces en el orgullo y lastimosamente estas dos actitudes están coladas dentro de la Iglesia de Dios, pero Pablo nos advierte que no podemos estar unidos con el cuerpo de Cristo cuando estas actitudes están presentes, y nos exhorta para que cuando nos miremos en el espejo de este mundo, y busquemos la fama y el reconocimiento, veamos también que rápido se desvanece.

Pero cuando nos miramos en el espejo de la Palabra de Dios, lo primero que veremos es la gloria y la honra de Jesús, porque la Palabra de Dios es el espejo a través del cual vemos el estado de nuestros corazones, el estado de nuestra alma, y ella nos muestra tal como somos, porque no esconde nada.

El evangelio es el lente a través del cual nos vemos con claridad, y  lo que vemos allí es  una pecadora en necesidad de un Salvador.

El resultado de esta mirada nos hace ver la humildad de nuestro Salvador, y definitivamente nos hace sentir una profunda admiración por Jesús, quien murió por nosotras en la cruz tomando nuestro lugar.

Tal vez lo que más nos cuesta en la vida es ser humildes, somos prepotentes en muchas cosas, nos la sabemos todas, nos cuesta aceptar el consejo, la instrucción, la guía de otro, y nos cuesta muchísimo ver a los demás como mejores que nosotras mismas, por eso cuando fijamos nuestros ojos en Cristo, todo el panorama cambia.

Hoy tal vez necesitamos mirar más al Salvador, y ver allí su ejemplo de humildad e imitarle para honrar así un nombre.

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